El fiero y lunático bogavante.

El bogavante, rey de los crustáceos comestibles, es uno de los protagonistas de nuestro actual menú en el Jardín. Puede alcanzar los siete kilos de peso, envergadura que lo convierte en el mayor de los crustáceos mediterráneos. Es también uno de los invertebrados marinos más longevos, como demuestra el hecho de que algunos acuarios públicos hayan expuesto ejemplares durante más de cincuenta años. Cavernícola, noctámbulo y fiero, su dura coraza y sus poderosas pinzas le confieren una autoconfianza y valentía sin límites. Acusa, no obstante, la influencia de la luna. En El banquete del mar, el gastrónomo valenciano Lorenzo Millo, afirma que “la pálida luna influye en ellos [langostas y bogavantes] de modo notable”. Así, “con el creciente engordan; con luna llena están en su momento óptimo; con el menguante, adolecen, y con la luna nueva están flacos y esmirriados”. Millo destaca también el “patriotismo” del bogavante, en el sentido de que se apega a su cueva y a su territorio. En este sentido, el naturalista Leónidas de Bizancio, que escribió sobre pesca, explica que si se toma un bogavante y se le libera al otro extremo del mar, por lejos que se le haya llevado, regresará por sus pasos a su caverna natal.